Eucaristia


SOR MARIA ROMERO Y JESÚS EUCARISTÍA

(Sor Elena Ma. Cruz)

1. ¡Recito mis versos a un Rey!

Sábado por la mañana... hora: después del desayuno. Sor María sale presurosa del comedor de la comunidad y va con su caminar acompasado, por los cortos pasillos que la separan de la Capilla tarareando alguna alabanza. Ya de frente al sagrario, con mirada de enamorada saluda a su Rey en el sagrario...o le recita, o le canta... luego saluda a su Reina, le agradece, le recuerda las últimas necesidades y luego, con actitud embelesada y en auténtico “estupor eucarístico” como diría hermosamente el inolvidable Juan Pablo II, inicia el diálogo amoroso con su Dios, con su amor, con su Todo.  

Sor María se nos presenta como una mujer rica de humanidad, porque totalmente inmersa, abismada, perdida en la Divinidad. Una mujer acostumbrada a estar largos ratos con el “Compasivo” lo que la transforma poco a poco en compasión para todos los que la rodean.  

El misterio eucarístico es fundamental en la vida de Sor María. Ella ha llegado a comprender que el Verbo se ha hecho carne en las entrañas de María y que ese Dios-Emmanuel, el Dios con nosotros se ha quedado permanentemente en cada sagrario, hasta el final de los tiempos, hecho Pan de vida, alimento sin el cual es imposible vivir. Jesús en el Sagrario es un fuerte imán de amor que la atrae, la llama, la enamora y le hace experimentar aquel “sin mí nada podéis hacer”. Un Dios hecho pan para ser adorado, para ser contemplado, para ser comido día tras día como fuente inagotable de salud para los hombres y mujeres de todos los tiempos que buscan incansablemente la paz, la vida y la felicidad. Sor María sabe que Jesús en el Sagrario es el banquete que “Mamá linda” le sirve cada mañana para tener fortaleza, ánimo, iniciativa y creatividad en la misión de amor que le ha sido confiada. Entre más pobre y necesitado el hermano o hermana que se nos presenta, más amor y compasión requerimos, que nos haga conmover las entrañas, para vivir hasta las últimas consecuencias el Evangelio de la caridad. La vida interior por tanto Sor María la entiende solo en las categorías del amor:

             “La vida interior es un baño de amor en que vive sumergida el alma. Ella se encuentra

            abismada en el amor... Dios tiene el alma interior  del mismo modo que una madre tiene

            en sus manos la cabeza de su hijo, cubriéndola de besos y caricias”

Este amor eucarístico, Sor María lo vive intensamente profesando continuamente y a través de sencillos gestos de amor, de adoración, de contemplación que no oculta a los ojos de quienes la rodean. No necesita de grandes explicaciones teológicas sino que su amor es esa intuición constante que sobrepasa la luz de la verdad, para llenarse de la luz de la realidad. Percibe con la intuición de su corazón, la grandeza, la majestad, la belleza, el océano de luz en el que se quiere perder, casi como una navecilla frágil que se atreve a navegar en los mares de Dios y se pierde constantemente en el fondo de su majestad y de su grandeza.

Sor María está ahí largos ratos ante Jesús Eucaristía, en la expresión mejor de la adoración: el silencio... Ya San Gregorio Nacianceno señalaba que adorar significa elevar a Dios un “himno de silencio” y así Sor María totalmente envuelta en este manto, se pone en total adoración del misterio que la sobrepasa. Dios para ella no es un ser abstracto o una ley rigurosa que rige el universo, sino que Dios es una comunidad viva de amor, una eterna comunión de la que ella se alimenta y a través de la cual se relaciona también comunionalmente con la naturaleza, con el agua, con las rosas, los canarios, el mar... con todos los hijos e hijas de Dios, de los que recoge el llanto, su amargura, sus desesperanzas, amasándolas con su oración para volverlas a presentar al Padre, junto con el Hijo que cada mañana se entrega hecho pan, hecho vino en el altar de la misa cotidiana.

Sor María con una fe segura, sencilla, comprometida,  establece un contacto con Jesús de corazón a corazón y a través de El se eleva en el Espíritu Santo hasta el Padre. Ante Jesús, todo se detiene, todo se olvida, no solo el mundo exterior, las personas, las cosas, sino también el mundo interior de los pensamientos, de las imágenes, de las preocupaciones... Como San Francisco de Asís, que amonestaba a sus hermanos: “! Gran miseria sería y miserable mal si, teniéndole a El así presente, os ocuparais de cualquier otra cosa que hubiera en todo el universo!” igualmente lo expresa Sor María en sus escritos:

             “El que quiera amar a Dios, debe tener valor de olvidarse de sí mismo y entregarse a El

            sin cálculo. El alma debe sumergirse en Dios como la piedra arrojada en el abismo. Bien

            sabe que esa piedra no subirá nunca jamás a flor de agua y que para siempre deja de servir

            para usos humanos”

Al igual que ese Jesús que adora vivo y presente en el Sagrario, de ese Sol de su vida, Sor María se hace pan partido para saciar el hambre de tantos hermanos y hermanas que la buscan, que la llaman, que esperan de ella una palabra de aliento y de consuelo. Ella también como Jesús vive su propio misterio pascual, atravesando situaciones de incomprensión, de fatiga, de lucha... tampoco ella, como Jesús, entra siempre en los esquemas de su época. En su itinerario de crecimiento espiritual avanza firmemente, confiada solamente en Aquel que para ella es su Todo, del que no se puede desprender porque sin El se sabe nada. Sobre esta convicción escribía Sor María en una carta a Madre Auxilia Corillo el  7 de julio de 1976 exactamente  un año antes de su muerte:

 “(...) nos dicen que la Virgen vivió en un solo e ininterrumpido acto de amor. Pero

también nosotros podemos vivir del amor, pero los actos de amor sólo podemos

hacerlos uno después del otro. Y yo, cómo desearía vivir haciendo estos actos –

cosa imposible – paso tras paso inventando cómo explicar al Amor mis aspiraciones,

como si El no supiera o no lo entendiera... Estos actos no hace falta explicarlos, ni

 agregar nada. Usted me lo dirá después. Dios Mío, yo te amo infinitas veces con

tu infinito amor, en todos y en cada uno de los instantes de mi vida y de mi

eternidad; en todos y en cada uno de los instantes de los seres de la creación

 y de sus partículas

Del amor grande por el Rey brota en Sor María, el amor grande por su Reino, porque su amor es un amor vivo, operante, ingenioso. De sus largas horas ante el Sagrario brota a profusión el torrente de iniciativas y de acciones concretas a favor de sus hermanos y hermanas más necesitados. La contemplación en Sor María se transforma en una forma concreta de adoración. Para ella reconocer a Jesús en los sagrados misterios, creer que está vivo y presente es acercarle a quienes se encuentran lejos de El; es valerse de toda iniciativa para que los que no han probado el Pan de los fuertes, no se pierdan un minuto más de ese alimento. Para Sor María “adorar” que es reconocer la divinidad, se hace gesto concreto de querer que ninguno por ignorancia, por no saber, deje de acercarse a la fuente del verdadero y único amor. De aquí su grande ardor apostólico, sus horas de desvelo pensando en cómo dar respuesta a tanta carencia de Dios. No se puede contentar con saber ella del Amor, sino que necesita contagiarlo a todos, a través de mil iniciativas, salesiana a toda prueba: música, teatro, catequesis, horas bajo el sol y bajo la lluvia, premiaciones, concursos, el deseo de construir grandes salones para poder reunir más niños, niñas, jóvenes...todos tienen espacio en su corazón amante de Jesús y de María. Tampoco ella, como Jesús quiere que ninguno de los que se le han encomendado, se pierda. Sabe que la contemplación Eucarística es todo, menos quietismo  o espiritualismo estéril.

“ Te acuerdas mi amado y Buen pastor, cómo me sentía feliz, felicísima, cuando hacía de pastorcita, imitándote al bajar y subir aquellas empinadas cuestas, pedregosas y   resbaladizas del Oratorio Iglesias Flores, para ir a recoger a los niños?; y ¿Cómo mi corazón rebosaba de alegría cuando me encontraba en medio de ellos, enseñándoles a no apartarse de Ti, a amarte y a amar a la Virgen? ...¿te acuerdas también como mi alma se henchía de gozo, cuando por Ti sufría aquellas horas y horas de sol abrasador en el Oratorio de Cristo Rey para que los niños jugaran; y cuando para ir al encuentro del camión para regresar al Colegio caminaba bajo aquellos aguaceros torrenciales que me llegaban hasta las rodillas y me calaban los huesos; y como después de estos domingos de trabajo intenso y agobiador, quedaba como los Apóstoles – después de haber sido azotados por el sanedrín- llena de júbilo por haber tenido la dicha de sufrir por Ti?

Sor María como Jesús se da a sí misma, se entrega a sí misma, no importa si queda desgarrada y rota también ella como un pan partido. Su mirada contemplativa ante el Sagrario le hace captar hasta en los mínimos detalles la entrega de su Señor. Como Jesús, también ella se inclina humildemente para lavar los pies desnudos, sudorosos y cubiertos de polvo de sus hermanos y hermanas que tocan a la puerta de su corazón compasivo para ser aliviados, consolados, bendecidos. Ante ella desfila una enorme caravana de seres humanos desgastados por el dolor, el hambre, la humillación, el pecado, la falta de oportunidades, la pobreza moral y espiritual, la falta de medios económicos, la falta de Dios... Ante ellos y ellas también Sor María oye resonar aquellas palabras de cada Eucaristía: “¡Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre!” y no quiere que nada de lo que Jesús ha entregado quede perdido. A la Madre Melchiorrina Biancardi (aquí creo que sería bueno poner la cita a pie de página de quién era esta monja) del Consejo General escribía en una carta fechada el 16 de abril de 1973:

“Ah ! perdóneme Madre Melchiorrina si en cada carta le repito mi estribillo que tengo fijo en la mente y en el corazón; y que repito al Señor constantemente porque es cosa que me anonada, reconociendo mi bajeza y nulidad: “Cómo es posible que almas, de 30,40, 50 y más años de no acercarse a los Sacramentos por haber concebido odio a la Iglesia, con sólo dos minutos que les hable, inmediatamente se conviertan y van a confesarse y a comulgar ?.. Dígame, no es para andar gritando en los corredores, alabando y dando gracias al Señor ?. Porque desde toda la eternidad me ha escogido para esta Misión divina: de propagar sin interrupción, la devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y de convertir y consolar, cosa que no veo hasta la vez, que la haya dado a otro. Y,¿quién soy yo, Dios mío ?. La pobre vieja, ignorante, tonta, inútil y desmemoriada, etc., etc.”

A cada palabra de la Consagración Eucarística Sor María unía la entrega de sus fuerzas, de su propio cuerpo tantas veces exhausto, de sus sudores, sus lágrimas, del esfuerzo por ver crecer las obras que Dios la mandaba a realizar, del no ser siempre comprendida, así como del gozo que experimentaba al ver que su Rey y su Reina era más conocidos y amados. Inmersa en Dios, perdida en El como una barquilla que es llevada por el viento del Espíritu a los más profundos diálogos de amor, así percibían a Sor María sus más estrechas colaboradoras seglares. Como una mujer sencilla, desprovista de toda afectación, pobre no solo en sus opciones pastorales, sino ante todo en su vida personal, que quiso por sobre todas las cosas amar a Dios intensamente, desapareciendo ella poco a poco en ese abrazo amoroso de Dios.

Una de sus primeras y más cercanas colaboradoras en la obra que emprendió para dotar de techo a los pobres, la Asociación Ayuda a necesitados (ASAYNE) la recuerda así:

             “Practicaba la contemplación; muchas veces yo la veía concentrada en la oración, de tal

            manera que no se percataba de los que había a su alrededor y había que tocarla para que

            volviera en sí (...) La piedad de la Sierva de Dios hacia la Santísima Eucaristía era

            impresionante. Era en verdad lo más lindo! la Santa Misa para ella era lo más grande. Se

            le veía transportada y se maravillaba al ver cómo todos, no asistían con gusto a la Santa

            Misa” 

Jesús Eucaristía era realmente el centro de la vida de Sor María. En el vivía, se movía, para El existía. Su amor era un amor hecho de silencio, de adoración como el de María, a quien pedía constantemente le enseñara a amar, a adorar a su Hijo Jesús, a hacerle feliz a través de las mil y una maneras que utilizaba para cantarle, decirle, declamarle su amor.

La música que brota de sus manos, que diestramente se mueven por el teclado del armonio, es en cada una de sus notas un acto de adoración, un himno de alabanza, incienso suave que sube hasta Dios desde la sencillez y pobreza de esa hermana que siempre quiso esconderse para Dios solo. Quienes la encuentran por los pasillos de la Casa de la Virgen, no ven en ella nada extraordinario, pero sí señalan que inspiraba una gran confianza, un deseo de abrirle el corazón y de esperar de ella una palabra de bien, una palabra de aliento, el consuelo que ella hacía brotar de su íntima y constante comunión con Dios. 

El momento de recibir a Jesús en la comunión es para Sor María el momento más importante de la jornada. Para ella, como lo expresara nuestro recordado Papa Juan Pablo II: “El misterio eucarístico – sacrificio, presencia, banquete – no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la misa” Así Sor María da a la presencia de Jesús sacramentado en cualquiera de sus expresiones, todo el amor y la devoción que brota de su alma.

Su corazón lleno de amor a Jesús, la lleva a inventar una serie de iniciativas personales que la enfervorizan cada día al recibir a Jesús en la comunión y todo lo hace en unión de María, la Madre a la que invoca constantemente como auxilio en su vida espiritual. Y así...

“Lunes: Yo te recibo Jesús, con los sentimientos con que te recibió la Virgen en tu encarnación...¿te acuerdas Jesús? Qué amor! ¡Qué ternura!(...)

Martes: Yo te recibo, Jesús, con los sentimientos con que te recibió la Virgen en tu nacimiento... Así, sus sentimientos son los míos, mi Rey (...)

Miércoles: Yo te recibo Jesús, con los sentimientos con que la Virgen te recibió en sus brazos después de la circuncisión y de la Presentación. ¿te acuerdas Jesús? Con qué amor te estrechó sobre su corazón, para desahogar su dolor y consolarte(...)

Jueves: Yo te recibo Jesús con los sentimientos con que te recibió la Virgen en su primera comunión y en todas las comuniones sacramentales que hizo en su vida mortal(...)

Viernes: Yo te recibo Jesús con los sentimientos con que te recibió la Virgen en el descendimiento. ¡te acuerdas qué llanto! sollozos y gemidos!(...)

Sábado: Yo te recibo, Jesús, con los sentimientos con que te recibió la Virgen en tu resurrección Ah sí, sus sentimientos son los míos y te los ofrezco mi Rey, en agradecimiento  de todos y cada uno de los beneficios que me has concedido(...)

Domingo: Yo te recibo Jesús con los sentimientos con que te recibió la Virgen en su preciosa muerte, cuando viniste por Ella para llevarla al ciel. Ah sus sentimientos son los mios y te los ofrezco mi Rey por la felicidad que espero tener también yo, cuando vengas por mí, al expirar, para llevarme al cielo, en tus brazos y sobre tu divino Corazón (...)”

Y así como tenía una intención para cada día en el momento de la comunión, así escribió una oración de acción de gracias para cada día y una oración de preparación para cada comunión. Para ella Jesús era presencia viva, experiencia cotidiana de amor, un encuentro gozoso cada día, el Rey que la visitaba, la elevaba, la transformaba, el sol que la iluminaba y le hacía arder el corazón.

También en sus visitas largas o breves ante el Santísimo, Sor María hacía experiencia de ser envuelta, llevada sobre las olas de un mar inmenso en el que ella siempre se perdía:

“Buenos días, Jesús, aquí vengo a saludarte. ¡Vives tan solo! ...Ven a mi alma, Jesús. Yo te amo con el corazón Inmaculado de María. Quiero morir antes que pecar, porque te amo sobre todas las cosas; y te amo sobre todas las cosas porque eres mi Dios.¡Señor mío y Dios mío!(...)”

Y podríamos continuar desgranando ejemplos y palabras de la Beata Sor María Romero demostrando el inmenso amor a Jesús Eucaristía que llenó su corazón, amor que se tradujo en obras concretas de misericordia, de compasión con los más pobres y los más pequeños. Una mujer también ella “eucarística” como llama el papa Juan Pablo II a María Santísima. De su Reina aprendió el arte de la contemplación, el trascender las apariencias del pan y el vino y encontrarse cara a cara, momento a momento, visita a visita con el Rey de su vida, con Aquel que llenaba sus horas y sus días de un amor incontenible.

Ella continúe desde el cielo animándonos a quienes todavía hoy peregrinamos hacia la Casa del Padre, a saber “gastar” nuestro tiempo, nuestras horas, a saber estar en silencio adorante delante de Jesús en el sagrario, así como le manifestó su deseo a una superiora: “Solo deseo una cosa y la deseo vivamente y sin límites:

“Amar y hacer amar cada instante más al Señor y a la Virgen”. Esta será mi misión también en el Cielo, donde podré cumplirla sin molestias ni cansancios junto a Santa Teresita del Niño Jesús, hasta que el número de los elegidos esté completo”

  

2. Detalles de un amor que no cabe dentro

¿Qué nación hay tan grande, que tenga dioses tan cercanos a ella, como lo está de vosotros vuestro Dios? . Como un eco de este clamor gozoso que brota de la experiencia del pueblo de Israel, brotan las palabras, los gestos, las mil y una industrias espirituales de Sor María Romero, ante la experiencia de que ese Dios visible en el fragor del viento, en la columna de nube o de fuego, ese Dios que hizo proezas a los ojos del pueblo escogido, es el mismo que ahora está frente a ella, escondido en una pequeña hostia, como presencia amorosa, constante, escondida y silenciosa.  

El amor de Sor María por Jesús Sacramentado está salpicado de pequeños y grandes detalles que son expresión de un corazón que está totalmente enamorado. Muchas de las personas que la conocieron, que convivieron con ella, a quienes ella escribía, dan razón de estas, llamaríamos “minuciosidades del amor” que ya no puede contener por dentro, sino que saltan por los poros de su alma y salpican los días de su vida con preciosos destellos de sencillez y de ternura.

San Francisco de Asís grita ante el mundo:” El Amor no es amado” y Santa Teresita de Jesús a quien Sor María Romero tanto amó, diría:” Amar es hacer amar al Amor”. Para Sor María el grito continuo del corazón era “ Mi Rey idolatrado, mi única ambición es amarte y hacerte amar!” Una de las hermanas que la ha conocido en las declaraciones para el Proceso de Canonización asegura que a Sor María no le bastaba el día para decirle a Jesús cuánto lo amaba: “Tenía una oración continua de alabanza y gratitud al Señor y a la Virgen, con frecuentes expresiones de este gran espíritu de oración. Me dijo en una ocasión  que con frecuencia se despertaba en la noche hacia las dos de la madrugada y ya no volvía a conciliar el sueño; y que todo ese rato hasta la hora de levantarse lo pasaba repitiendo:¡Mi amor, mi amor, mi Rey! ¿Cuántas veces se lo diré?

Este amor de Sor María por Jesús Eucaristía, su Sol, su Rey, la hacía prodigarse en la preparación de las grandes fiestas. Quería que Jesús estuviera siempre envuelto en un mar de luces, de flores, de velas encendidas...y sufría cuando alguien criticaba el gasto que le ocasionaba cumplir este deseo. Refiere Sor Ana María Cavallini quien anotó cuidadosamente muchas de las palabras de Sor María “¿vio qué linda que está la Capilla? me preguntó Sor María. Sí, le contesté, no me canso de verla, ¡cuánta luz! Ella agregó: Imagínese, me dicen que tanto gasto en luces en la Capilla; quieren quitar luces, pero eso no es justo, la Virgen nos da tanto dinero y les parece gasto inútil que Ella tenga luces encendidas. En otras partes de la casa, sí yo veo falta a la pobreza tener luces innecesarias, pero en la Capilla no; es la casa de Ella y debe estar siempre linda”  

 En su viaje a Italia en 1969 buscó los vasos sagrados de mayor calidad y belleza y pensó en comprar candeleros, manteles, ornamentos sagrados hermosos para que Jesús estuviera embellecido siempre. Gozaba enormemente de pensar que Jesús descendía a la pequeña capilla tantas veces en el día y que gran cantidad de personas tuvieran la oportunidad de recibirlo en la sagrada Comunión. Con estos sentimientos escribía a la entonces Superiora General, Madre Ersilia Canta:

“ ¡Deseo contarle una cosa archilinda!- ¿Sabe hasta cuántas misas tenemos varias veces? – ¡Hasta ocho! ¡en un día! ... Ah ¿qué casa religiosa de Costa Rica, de la Inspectoría, de toda la Congregación y de todo el mundo puede decir otro tanto? ¿No es para que viviéramos locas de amor?”

Sor María ha entendido plenamente por la Palabra que medita cada día, el pasaje del Evangelio de San Juan cuya claridad es insuperable: “Quien no come mi carne, ni bebe mi sangre, no puede tener vida... mi carne es verdadera comida, mi sangre es verdadera bebida”. Sor María ha entendido que la fe en el Dios encarnado cree en un Dios corporal, y esta fe solamente es verdadera y plena, solamente llega a ser auténtica cuando es “carnal”, cuando es acontecimiento sacramental en el que el Señor en persona asume nuestra existencia corporal... La presencia de Jesucristo en la Eucaristía por tanto, no es para ella algo pasivo, sino una fuerza que la atrapa y la absorbe totalmente, la cambia, la transforma, la consume, la atrae irresistiblemente y la lanza a hablar de ese misterio a quienes la rodean para que lo comprendan, lo aprecien, lo adoren como lo hace ella.

“ Yo, cuantas veces están celebrando, estoy – como dicen con la oreja parada- atenta a la hora del Sanctus para salir disparada, como bomba de incendio, diciendo a todo el que se interpone en el camino: con permiso, con permiso! para que me dejen pasar e ir a ver a mi Rey en alto, en la elevación y fijar en El toda mi alma, para que me la purifique, santifique y divinice. Los que al verme salir corriendo, quedan diciendo: ¿qué pasa? ¿qué pasa?. Pero yo al regresar, allí no más aprovecho para hacerles el catecismo ‘spicciolo’ explicándoles que así como una mirada indebida nos mancha el alma, la mirada a la Hostia pura, santa e inmaculada, nos la santifica” 

Sor María mantiene con Jesús Eucaristía una relación de amor sencillo y transparente. En verdad ningún respeto humano la detiene para demostrarle a Jesús de mil maneras que lo ama, que es el único Rey de su vida, su Todo, su Señor. Una hermana recuerda como este amor no fue manifiesto solo en sus últimos años de vida, sino que desde joven Sor María tenía su manera particular de hacerle saber a Jesús que lo amaba. De joven profesa, pasaba algún rato corto en la Capilla durante el recreo de las alumnas y cuando le preguntaban qué hacía, ella con su acostumbrado buen humor respondía jocosamente: “rezo, canto, recito, le digo cosas lindas a Jesús y a la Virgen. – ¡Qué les recita? – Contestaba – a veces las poesías que aprendí en los libros de lectura cuando era niña: “Subió una mona en un nogal, etc” – pero esto no es para Jesús, se le decía! y ella, alegre respondía: A Jesús todo le gusta si se le hace con amor”.

Como dice el salmo 122, Sor María tiene permanentemente sus ojos puestos en el Señor, esperando su misericordia. Jesús tiene los ojos puestos en ella, esperando sus caricias, sus palabras de ternura, sus ocurrencias que le harían sonreír sin duda. No podía concebir que el Santísimo Sacramento no recibiera la adoración, la belleza del culto que merece. En la Casa de María Auxiliadora, Jesús será verdaderamente el Rey de la Casa, el centro de atracción, en torno a su gracia girará toda actividad y cualquier celebración pierde sentido si Jesús en la Eucaristía no es la razón de ser de todo el ser y hacer de la Obra.

Oyendo Sor María el comentario de que tanto se gasta en templos grandiosos, llena de pena comentó: “¡Ah mi Rey! ¿Cómo es eso? ¿Qué es lo que quieren? ¿Quieren tal vez que El viva en un galerón?... El lo merece todo; lo más bello, lo más grande, lo más rico... Dicen que lo que se gasta en templos se podría dar a los pobres. Esas son las mismas palabras de Judas cuando vio el gasto del perfume de la Magdalena. Esa gente que habla así no piensa lo que dice. ¿Acaso Jesús se quejó del frasco de perfume? Al contrario, El que amaba tanto la pobreza, defendió a la Magdalena diciendo: Pobres los tendréis siempre. El no pensaba que era un desperdicio. Yo no puedo oir esas palabras de queja por lo que se gasta en los templos, Jesús lo merece todo. Viene desde el cielo para vivir con nosotros y ¿le vamos a dar un rancho a semejante majestad?  

La plena conciencia de que en su vida todo es gracia, de que todo lo ha recibido del amor de Jesús, como muestra de su predilección, hace que Sor María continuamente eleve un himno de agradecimiento a Dios. Esta actitud aprendida junto al corazón Inmaculado de María su Reina, la hace elevar incesantemente su Magnificat de acción de gracias. En aquel camino de pequeñez, de inocencia, de abandono y de confianza absoluta en el Dios que la ama, en una de sus conversaciones Sor María narraba lo que sus ojos terrenos ya veían, ya adivinaban de las realidades divinas que solo los limpios de corazón pueden ver:

“Vivo diciéndole al Señor: ¿qué más podrías hacer por mí? Todo me lo has dado con infinito amor desde mi infancia; todos los gustos, las satisfacciones. Este amor grande a Jesús Sacramentado, a María Auxiliadora. Me lleno de amor cuando en cada misa, lo veo bajar del Cielo entre millonadas de angelitos que no saben cómo poner sus manitas; veo sus ojitos, sus sonrisas...es una belleza sin nombre...Fíjese ¡qué dolor! me quieren suprimir misas en la Capilla. Estoy sufriendo inmensamente, pero callo, han suprimido la otra misa del domingo, ya la gente estaba acostumbrada a esta Misa. ¡Que se haga la voluntad de Dios!”

Y la voluntad de Dios ha sido que Jesús Sacramentado en la Capilla que tanto trabajo, sufrimiento, fatigas, le costó a Sor María, esté siempre acompañado; que hayan varias misas cada día, que Jesús esté inmerso en un mar de luces, de flores, de velas... pero ante todo este rodeado del amor, la presencia, la oración de tantos hombres, mujeres, jóvenes y niños de todos los estratos sociales, que día a día, llegan a sus pies a contarle sus penas, a pedirle sus gracias, a sencillamente “estar” con El... A la hora del almuerzo se ven algunos hombres que llegan presurosos quitándose la corbata pues vienen de sus oficinas en el tiempo de descanso, a recibir paz, consuelo, a hacer que se cumplan las palabras de Jesús: “¡Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré!”

Ecclesia de Eucharistia No 6

Jn.15,5

EE.No 1.p 40

San Francisco. Carta a todos los hermanos. (FF220)

EE. No 1.p. 39

EE No 1.p.118

Lc.22,19-20

Amalia Orlich de B. Positio No 668. p 143

Ecclesia de Eucharistia No 61

EE. No 2. pp. 47-49

idem p. 51

Carta a Madre Margarita Sobbrero del 23 Diciembre 1974

Dt.4,7

Idem p.146

Sor Ana María Cavallini. Positio. p.18.Nos. 87-88

Idem. p 49

Carta del 18 Octubre de 1973

Jn.6,53-55

Traducción: menudo, pequeño

EE.No 3 pp.126,127

Sor Ana María Cavallino,. Positio. No 219. pp 52 y 53

Mt.11,28

 





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